Abanicos, obras de arte

El abanico es un fetiche romántico y seductor que tras un periodo de obsolescencia ha recuperado actualidad, aunque ha perdido parte de su misterio. Las mejores piezas realizadas en marfil con incrustaciones de oro rivalizan con otras pintadas a mano por los mejores artistas del XVIII y del XIX.

Los orígenes históricos del abanico resultan difíciles de precisar aunque las primeras referencias datan del año 3.000 a.C. en Egipto. Se trata de abanicos fijos formados por un penacho de distintos materiales como plumas, tejidos, fibras vegetales, etc., sujetos a un mango largo, eran abanicos ceremoniales o litúrgicos.

En Japón, los ejemplares más antiguos se utilizaban como complemento masculino. En el viejo Egipto el abanico de plumas de avestruz o pavo era considerado un símbolo de poder y únicamente podían ser utilizados por el faraón y su familia. El abanico plegable se remonta al siglo XI, chinos y japoneses se disputan su invención, aunque hay indicios de que fue en el siglo VII cuando un japonés diseñó el plegable siguiendo la estructura de las alas del murciélago. En Europa no se utiliza, procedente de Asia, hasta finales del XV y fueron los italianos los primeros en fabricarlos en el siglo XVI. A mediados del XVII los franceses toman el relevo y un siglo más tarde sus abanicos invaden Europa, el siglo XVIII es considerado la edad de oro de los abanicos.

Es en el siglo XVIII cuando la competencia entre los abanicos baratos de procedencia china y los europeos, cada vez más refinados hace que se desarrollen diferentes modelos para los distintos actos sociales, así en Holanda se crean unas series con representaciones bíblicas, son los llamados abanicos de iglesia. Los franceses de época barroca están decorados con motivos mitológicos y con la llegada del rococó aparecen las escenas galantes. Los ingleses abaratan el mercado a mediados del siglo XVIII con las series de países (las telas de los abanicos) grabados en papel donde eran frecuentes los motivos galantes y, más tarde, las escenas históricas y políticas. Se encuentran abanicos realizados en España desde finales del siglo XV.

Los abaniqueros de Madrid formaron el primer gremio y en 1802 se creó la Real Fábrica de Abanicos en Valencia. En el siglo XIX se expande el uso del abanico relacionado con la indumentaria castiza o popular al tiempo que resulta imprescindible para la clase más refinada, usado tanto por hombres como por mujeres, a este hecho contribuyó considerablemente la producción mecánica valenciana.

Los denominados abanicos alfonsinos tiene un varillaje de nácar, hueso y, a veces, de madera; para el país es frecuente el tul, encaje y la gasa; aparecen en la decoración jóvenes con túnicas al viento muy ligeras, anticipando el modelo modernista, el amorcillo revoloteando, la joven en el aire entre nubes… Los más elegantes suelen ser los del XVIII, su decoración es menos recargada, también son muy refinados los españoles Carlos IV. Los abanicos europeos del XVII y XVIII no suelen conservar su estuche, sólo algunos del XIX mantienen la caja y sí es frecuente el estuche en los chinos de Cantón para la exportación, su caja suele ser de madera lacada con adornos dorados y por dentro forrados de papeles pintados o de sedas bordadas, estos estuches no encarecen el abanico, sino que aumentan su valor.

En el siglo XIX era práctica habitual confeccionar abanicos sencillos con varillaje de caña y país de papel blanco destinados a ser dedicados. También se hacían por encargo con pinturas escogidas y eran frecuentes los abanicos de recuerdo, decorados con escenas típicas del acontecimiento como ferias, corridas, etc. Uno de los museos donde se conservan más abanicos es el Museo de Artes y Costumbre Populares de Sevilla que a lo largo de los años ha recibido un gran número de donaciones. En el año 1970 se incorporó al museo el legado Díaz Velázquez.

Algunas donaciones son muy especiales como un abanico con poema autógrafo de los hermanos Álvarez Quintero donado este año por Carmen Fernández-Regatillo. El museo tiene una importante colección, entre los que destacan los abanicos pintados, grabados e iluminados de clara influencia francesa e inglesa que marcaron las modas europeas durante casi dos siglos. También hay una gran representación de abanicos orientales, donde destacan algunos realizados con varillajes de bambú y unas piezas de excepción como los pequeños abanicos orientales de baraja labrados en marfil o los de ricos países de encaje de Chantilly.

Entre las piezas curiosas destaca el abanico firmado por la infanta Isabel de Borbón en 1916; el autografiado por el torero Gallito; y, otro con un poema de Cavestany dedicado a la duquesa de Tarifa, fechado en 1.891.
La edad de los abanicos se pierde en el tiempo como también lo han hecho millones de piezas pero por fortuna los coleccionistas y museos se han encargado de conservar estas obras de arte. Inmaculada Manfredi atesora una de las mejores colecciones de abanicos de España y de otras piezas relacionadas con los mismos, como cuadros, postales, sellos, carteles, etc. Los abanicos japoneses y chinos son verdaderas obras de arte, algunos con varillas impregnadas de fragancias. En América hay que destacar la plumería de épocas precolombinas y los que aún se siguen haciendo en Venezuela y Ecuador con fibras trenzadas y plumas de aves de muchos colores. Los alemanes del siglo XVIII son muy curiosos, inventaron una varilla central hueca donde ponían unos muñecos que se asomaban al tirar de un hilito.

Los abanicos franceses y los ingleses son maravillosos, sin olvidar los españoles que tuvieron una época de grandes maestros abaniqueros, entre los que destacó Colomina en Valencia. Son muy bonitos los pericones o abanicos de gran formato españoles, que suelen estar muy bien decorados. Hacia 1800 los abaniqueros madrileños comenzaron a llenar el mercado con pequeños abanicos de madera y hueso que tomarían el nombre de abanicos Imperio, pero las damas demandaron otro tipo de abanicos más acordes con la moda y es cuando aparecieron los románticos.

Documentar y catalogar no es nada sencillo ya que hay en el mercado una gran variedad y cada uno de ellos con su historia, algunos tan curiosos, como los que sustituían el clavillo de sujeción de las varillas por un diminuto tubo de oro lleno de esencia de rosas o de mortal veneno que se fabricaban para las intrigas cortesanas. Son muy interesantes los conmemorativos, se hicieron unos muy bonitos con motivo de la exposición universal del 29 en Sevilla con las varillas principales forradas en piel y con el país en seda. Los de Primera Comunión son muy curiosos, algunos se hacían con el retrato de la niña.

En general se pagan precios muy inferiores a algunas miniaturas por abanicos pintados y firmados por artistas que cotizan muy bien sus obras sobre otros soportes. Los abanicos del siglo XVIII son los que más se aprecian, pero hay que señalar que no hay una gran afición a los abanicos. Se pagan muy por debajo de su valor y hay que destacar piezas importantes del XVIII que han llegado tan solo a 1.200€. Algunos países son preciosas obras de arte. Es muy raro que aparezcan en las subastas abanicos japoneses, son muy frecuentes los chinos y es muy difícil distinguirlos de los filipinos. La mejor guía para adquirir un abanico es la intuición y el gusto, los buenos materiales como el marfil, el hueso o caoba son una buena inversión, en cedro hay algunos muy bonitos, hay preciosidades realizadas en baquelita pero indiscutiblemente los de marfil calado orientales son las grandes joyas.

Antes de que apareciera la impresión se decoraba el país a mano. En los siglos XVII y XVIII eran de un tamaño pequeño y de telas muy delicadas (gasa, tafetán, tul, bordados, encajes, etc y añadían lentejuelas). En el XIX se hicieron populares los de papel impreso al abaratarse su producción aunque muchos de ellos se terminaban a mano. Después de
esta moda se volvió otra vez al uso del satén, las plumas, etc. En la actualidad no hay caladores en España, se importan de Oriente contenedores llenos de varillajes con el corte al agua.

Los abanicos más frecuentes en el mercado son los alfonsinos, isabelinos y algunos modernistas, los realizados para la exportación, en menor cantidad los franceses del XVIII y pocos ingleses. Los abanicos que gustan mucho son los de baraja (no se diferencia el varillaje del país, es todo de una pieza). Las escenas galantes y el papel litografiado son muy frecuentes; los de tela, tul y encaje, etc., son menos usuales. Los abanicos españoles preferidos son los pintados a mano con guache y firmados por algunos de los pintores del XIX. Los más modernos que se venden son los de principio de siglo XX modernistas. Los pericones suelen salir pero no son tan apreciados, son menos coquetos. En el mercado suelen aparecer muy rara vez piezas del XVII los más frecuentes son los del XVIII y XIX.

A la hora de catalogar una pieza lo que más diferencia las épocas es la decoración, en el periodo Carlos IV el varillaje es muy fino y estrecho -lo que se llama esqueleto-, los países se adornan con lentejuelas. El abanico isabelino siempre es muy recargado, las decoraciones aplicadas son doradas y plateadas, las escenas suelen ser litografiadas y el varillaje es ancho. El abanico Luis XVI tiene una decoración muy próxima a la de Carlos IV.

Los abanicos se venden muchas veces más como pintura que como abanico. Es frecuente separar el país del varillaje para enmarcarlo, como pintura. En otras ocasiones es importante el material. Alcalá Subastas vendió un abanico por más de un millón de pesetas (más de seis mil euros) hace años, era un abanico japonés de marfil lacado con su caja original del XIX, llevaba una carta donde se especificaba quién lo había tenido hasta entonces y quién se lo había regalado, lo adquirió un coleccionista de lacas, ni siquiera era coleccionista de abanicos. Los abanicos de laca del siglo XIX suelen presentarse o en panel liso o en colores y las representaciones más comunes suelen ser de flores, frutos, pájaros e insectos que pueden ser tema único o bien abriendo paso a escenas centrales donde se alternan escenas occidentales y orientales.

Tres piezas imprescindibles

El abanico más sencillo es el llamado abanico de Calañas, pueblo de la provincia de Huelva famoso por su fabricación, consta de tres partes:
-Las varillas son tiras rectangulares, de cañas o bambúes las más simples, que son de igual largo, ancho y grueso.
-El clavillo es un alambre algo grueso que ensarta las varillas por sus dos extremos, se encuentra remachado.
-El paisaje o país es el sector anular, normalmente de papel en los más sencillos, aunque también puede ser de seda, tul, encaje, etc.
Se llama esqueleto o armazón al conjunto de varillas y clavillo.

La seducción del abanico.

Se mantiene en algunas regiones españolas como en Cataluña y la Comunidad Valencia la costumbre de regalar a las novias un abanico de calidad realizado con marfil o hueso. “De todo el atractivo de la mujer galante y de la mejor ataviada, no hay adorno del que pueda sacar tanto partido como de su abanico” escribía una amiga de Mme. Staal-Delaunay en el siglo XVIII. Algunas mujeres se valieron del abanico para hacer signos a sus pretendientes en épocas en que el disimulo era un ingrediente importante del galanteo de las parejas, juego escénico que se ha transmitido en el teatro costumbrista, por ejemplo, de los hermanos Alvarez Quintero. Los estudiosos de este sistema de comunicación nunca se han puesto de acuerdo en el significado de estas manifestaciones. Inmaculada Manfredi ha encontrado hasta 32 posturas diferentes con las que poder hablar, pero según comenta “tengo serias dudas sobre la autenticidad de muchas de ellas. Siete movimientos se repiten de igual manera en todos los sitios”.

El lenguaje del abanico

Abierto, tapando la boca: Estoy sola.
Dejarlo deslizar sobre los ojos: Vete, por favor.
Golpeándolo, cerrado, sobre la mano izquierda: Escríbeme.
Mantenerlo en la oreja izquierda: Quiero que me dejes en paz.
Moverlo con la mano derecha. Quiero a otro.
Moverlo con la mano izquierda: Nos observan.
Movido con la derecha: Hasta mañana.
Roto: Se ha terminado.
Semicerrado en la derecha y sobre la izquierda: No puedo.
Sobre los labios, semiabierto: Te quiero.
Tocar con el dedo el borde: Quiero hablar contigo.

Deja un comentario